De casa al trabajo y del trabajo a casa

Este es el nombre de la última campaña de la DGT enfocada a prevenir los accidentes in itinere. Sin entrar en detalles sobre si es acertado o no hacer campaña sobre esto -que requeriría un debate al margen y que se escapa de los temas que quiero tratar en este blog- lo que me ha llamado la atención es el mensaje de las cuñas de radio, algo así como:

– Te vienes a tomar algo después del trabajo

– No, ya sabes, yo, de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Disculpas si no lo he transcrito tal y como es, pero el espíritu era básicamente es. Y este mensaje me parece distar bastante de la intención original de la campaña.

Por otro lado, otra campaña que me chocado bastante este verano ha sido la de FAD. En esta campaña dicen que los jóvenes españoles le dedican 144 horas al alcohol en verano. Para aleccionar, ponen como ejemplo que en esas 144 horas se puede aprender a surfear, a montar en monopatín o a tocar la guitarra.

Es probable que las conclusiones que saco de estas dos campañas y de las últimas decisiones políticas sean obra de mi perturbada mente, no lo niego, pero cada vez tengo más la sensación de que detrás de todo eso hay otra intención más allá de la visible, una especia de mensaje subliminal subyacente.

Fue en 1957 cuando por primera vez se testaron los efectos de la publicidad subliminal, o eso se hizo creer al público general. En realidad no se habían testado, pero sí se elaboró un informe que decía que esta podía llegar a influir de manera decisiva sobre los hábitos de consumo de los consumidores. Es irónico que la “publicidad subliminal” de la publicidad subliminal tuviera un efecto directo sobre los gobiernos de todo el mundo y en muchos países se prohibiera este tipo de prácticas.

Para el que no lo sepa, la publicidad subliminal es lanzar un mensaje subyacente dentro de otro (ya sea una película, un anuncio o una cuña de radio), que tu cerebro sea capaz de captar en tu parte inconsciente, aunque no la consciente. El ejemplo clásico es el de la proyección de un fotograma de una coca-cola fría durante una película que, mostrándolo en repetidas ocasiones, hacía que la audiencia se levantara a por una bebida.

La sensación que tengo es que el mensaje subyacente que nos están tratando de inculcar (inocular sería más apropiado) es: no compres, no socialices, quédate en casa, aislado y temeroso del mundo que te rodea.

La campaña de la DGT no te dice que tienes que tener más cuidado en los recorridos entre casa y el trabajo. Lo que te está diciendo es que no hagas otra cosa que no sea ir de casa al trabajo, no quedes con tus compañeros para tomar una cerveza (aunque sea una 0,0), no tengas vida más allá de las cuatro paredes en las que trabajas o en las que vives.

La de la FAD es similar. Todo el mundo ha crecido saliendo con los amigos, haciendo botellón y saliendo de fiesta. Es una parte importante del crecimiento personal del adolescente, una época en la que define sus límites y crea relaciones y grupos que durarán toda la vida. Creo que no es correcto demonizar la socialización necesaria para formarnos como individuos sencillamente porque haya alcohol de por medio. Hay que educar para el consumo responsable, no hacer creer a la gente que salir de noche con los amigos es malo, porque no lo es.

Si a esto le sumamos que los políticos (y las noticias) no hacen más que repetirnos todo el día que para salir de la crisis y reactivar la economía hay que hacer esfuerzos, y que esos esfuerzos pasan por subir el IVA, recortar salarios, quitar pagas extras y renunciar a la mayoría de los derechos que los trabajadores hemos conseguido durante los últimos 30 años en España. Yo no soy economista, pero entiendo que si queremos reactivar la economía, ¿no será mejor que la gente tenga más dinero para gastar en lugar de menos? Si tienes menos dinero y, además, los productos básicos te cuestan más caros, entonces alcanzamos un punto en el que lo que tenemos es prácticamente una economía de subsistencia.

En resumen, nos meten miedo, nos recortan derechos y poder adquisitivo y, para colmo, demonizan las actividades sociales.

Y todo esto, ¿por qué? No lo sé, quizás porque quieran crear una Europa de dos o tres velocidades donde convertir a los países del sur en la nueva China: sueldo bajos y gente con miedo a revelarse donde las grandes potencias puedan poner sus fábricas y, además, ahorrarse los costes de transporte en barco desde un país tan lejano. Quizás porque los ricos, para ser más ricos, tienen que hacer que el resto seamos más pobres.

No tengo la respuesta, sólo intento ver las cosas de una manera distinta a como nos la quieren mostrar. Lo que sí sé, es que como sigamos así, con recortes, subidas del IVA, incrementos en el coste del petróleo, etc. al final van a conseguir que nuestra rutina diaria se convierta en un ir y venir de casa al trabajo y del trabajo a casa.

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La Palabra

Hoy quería dedicarle una entrada a “La Palabra”, eso que nos lleva uniendo desde hace 40.000 años. Y qué mejor manera de hacerlo que con una entrada de audio, mi primer podcast. Espero que os guste.
http://www.ivoox.com/vision-sencilla-entrada-1-dedicada-a_md_1301509_1.mp3″ Ir a descargar

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El Management del “por que sí”

Siempre he sido de los que han creído que una decisión sobre cualquier tema ha de estar sustentada en el análisis, más o menos profundo, de lo que quiero conseguir, cómo lo quiero conseguir, qué beneficios aporta y qué problemas acarrea.

Sin un análisis de la situación y del entorno, la toma de decisiones pasa de ser una decisión empresarial a convertirse en un capricho o peor, en una “decisión veleta”.

El “management del porque sí” es el equivalente empresarial a la educación familiar a través del “porque yo lo digo”. Ambas tienen el mismo problema: no convencen a  nadie y generan fricciones (y a veces hasta lágrimas de impotencia).

Un buen gestor ha de saber hacer que sus trabajadores comulguen con sus ideas y eso no se hace mediante la imposición sino a través de un proceso de venta, bien sustentado por un catálogo de justificaciones que conduzcan inexorable y unanimemente a pensar que la solución adoptada al problema presentado es la mejor posible. Esa es la única manera de engrasar bien los a veces oxidados y chirriantes engranajes de una empresa.

Esto tiene mucha importancia en cualquier empresa. Sobre todo cuando la empresa no es tuya. Sobre todo cuando juegas con el dinero y los puestos de trabajo de otros.

Sólo el anquilosamiento de algunos dinosaurios de la gestión empresarial (aplíquese a cualquier sector donde hay gente que cree que la experiencia suple al conocimiento) hace que algunas empresas que deberían estar creciendo en tiempos de crisis como los actuales, hace que vayan hacia abajo.

Un ejemplo muy actual de esto es el de la CAM que todos hemos podido leer en los diarios. Un puñado de de directivos de una empresa que no era suya, encargaban estudios a asesores externos por cantidades insultantes de dinero para luego hacer lo que ellos querían. Los estudios y el dinero sólo les servían para generar una sensación de control de cara al exterior. Creer que sabes más que el resto del mundo sencillamente por ocupar la dirección de una caja es excelente ejemplo.

La experiencia es un elemento más de la toma de decisiones, pero no debería ser el único, porque corremos el riesgo de extrapolar soluciones anteriores a problemas similares en el presente, sin tener en cuenta que muchas de las variables que daban sentido a la solución adoptada en el pasado no son las mismas. Eso convierte al problema actual en el mismo, pero generado por motivos distintos, ergo la solución es probable que también sea la misma.

El sí porque sí debe morir. Necesitamos gente racional que se deje asesorar y que, con toda la información en su poder, tome las mejores decisiones. No pedimos directivos que sean más inteligentes ni más sabios que aquellos que tienen por debajo, que en muchos casos son expertos en pequeñas áreas concretas. Necesitamos a gente que sea capaz de escuchar su entorno, ver lo que pasa, tener la sensibilidad como para involucrar a su gente en la toma de decisiones y luego ser capaces de tomar la mejor decisión posible.

Eso es ser un buen gestor en la toma de decisiones. Lo demás son burdas imitaciones.

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Propiedad Intelectual vs Propiedad Social

Acabo de empezar un nuevo módulo del master. Uno titulado “Aspectos legales de la Web 2.0”. Nunca me he sentido especialmente atraído por ninguna asignatura que llevara las palabras “legal” o “derecho” en sus enunciados, así que pensé que pasaría por mi vida sin pena ni gloria. Sin embargo, el profesor, Pablo Fernández, ha conseguido que le diera vueltas a la cabeza sobre un tema en concreto que quiero compartir con todos vosotros:

Barra libre de contenidos digitales. La protección de la labor creativa y la protección del rendimiento económico

Interesante. Aquí se mezclan varios conceptos que me han hecho animarme a crear una entrada en el blog: morales, económicos, sociales…

Empezando por el principio, ¿qué es la protección de derechos intelectuales? A grandes rasgos, lo que busca es proteger el rendimiento económico y autoría de todo aquello que crea una persona (o marca/empresa). Es decir, si yo creo una canción, tengo derechos morales / de autoría sobre la misma, pero también económicos.

A todos os sonarán casos como el de Megaupload y asociaciones como Anonymous que no están muy por la labor de respetar estos derechos intelectuales pero, ¿por qué?

Los principales argumentos son que los autores sacan demasiado beneficio por sus creaciones y que, además, lo hacen durante demasiado tiempo. Entonces, ¿cuál es el precio justo de una obra y durante cuánto tiempo debería de explotarse?

La respuesta no es sencilla. Ahora mismo, dependiendo del tipo de creación, cada autor cobra lo que quiere (o lo que el mercado le paga) y explota sus derechos durante un plazo de tiempo de hasta 70 años. Pero eso no responde la pregunta. El precio y el tiempo son problemas de percepción y eso es algo tan heterogéneo que es imposible ponerle cota.

Voy a dar un pequeño rodeo y voy a citar a José Luis Sampedro: “nos educan para consumir, no para pensar”. Para mí, esta frase resume muy bien el fondo del problema. Estamos en una sociedad que nos enseña que el que más tiene es el que más triunfa. Y para tener más, hay que ganar más, a costa de lo que sea. Es esta concepción consumista de la vida la que ha conseguido mantener a flote un sistema capitalista que ha resultado no ser tan beneficioso para todo el mundo como hemos querido creer.

Un poco de historia

¿De dónde vienen los derechos de autor? No son un concepto nuevo, pero tienen un punto de inflexión en el S.XIV, cuando Don Juan Manuel, el autor de “El Conde Lucanor”, pide que se respete su obra íntegra. Anteriormente, y desde finales del s. XI que empiezan a firmarse las obras, estas no eran respetadas ya que eran adaptadas a discreción de los copistas dependiendo de sus gustos personales o para poder adaptarlas a las constumbres y usos del país a cuyo idioma se estaban traduciendo.

En esta primera época, los autores consideraban que las obras no les pertenecían ya que ellos eran meros instrumentos en manos de Dios, por eso no se oponían a la modificación de la obra.

No fue hasta finales del S.XIX, en plena revolución industrial, cuando Charles Dickens reivindicó sus derechos de autor sobre las obras vendidas.

La evolución del concepto de creación y de los derechos de los autores ha sufrido una evolución que, en un análisis un poco superficial, parece seguir un paralelismo con la propia evolución del pensamiento humano y su concepto del mundo y posición dentro del mundo.

Quizás por ese motivo de esta sociedad consumista nace el concepto de derecho de la propiedad intelectual, para que aquel que crea algo, no sólo tenga reconocimiento sobre lo que ha creado, sino que, además, tenga el derecho a cobrar lo que quiera por su obra siempre que esta sea reproducida, mostrada, usada o lo que sea.

Con el paso del tiempo, y debido en gran parte a la codicia de algunos creadores en contraposición a la facilidad de intercambio de información que nos da la red, los consumidores nos hemos planteado si este sistema es justo. Si es justo que paguemos hasta 18€ por un disco de un músico en el que sólo vienen 12 canciones (cuando solían venir 18 por el mismo precio) de las cuáles sólo nos gustan 2, o si es justo que paguemos lo mismo por un libro recién salido del horno de Ken Follet que por uno de Miguel Hernández, que está libre de derechos y cuyo coste es igual que el de Ken Follet a pesar de su coste no va más allá que el papel sobre el que está escrito.

El pago por las obras nos genera, además, un dilema si lo comparamos con los productos de consumo. ¿Si no pago al fabricante de sillas por cada persona que se sienta en ellas, por qué tengo que pagar al músico cada vez que pongo su canción en mi bar? ¿Más aún, quién se beneficia más de la reproducción? ¿yo por ponerla en mi bar o el músico al que le estoy haciendo promoción gratuíta? Yo diría que, como mínimo, la cosa está al 50%.

Pero si nos quedarámos sólo con obras con la comparación entre productos de consumo y autores de obras musicales, libros o arte, estaríamos dejando de lado creaciones que deberían ser, desde el momento de su creación, patrimonio de la sociedad. Hablo de medicamentos, tecnología o ingeniería (entro otros) que pueda ayudar a mejorar las condiciones de vida de los más necesitados: medicamentos contra el sida o el cáncer, licencias de cultivos resistentes a sequías, generadores de energía libre o de punto 0. ¿Es lícito que un tratamiento contra el cáncer sea un lujo en algunos países por el coste que supone para los pacientes, o que haya países que sufren hambrunas cíclicas cuando existen cierto tipo de cultivos que podrían solucionarlo pero cuyas licencias están en manos de unos pocos?

El problema de los derechos de propiedad no es tema baladí. En el caso de cultivos, hay empresas que poseen los derechos sobre cierto tipo de semillas, tan sólo una variedad dentro de un cereal, fruta o verdura pero que, con el paso del tiempo y por su resistencia y rapidez de crecimiento, se están conviritiendo en la única variedad existente dando, por tanto, a sus dueños el monopolio sobre esa fruta, verdura o cereal.

Aquí mezclamos los conceptos de licencias y derechos de autor pero, ¿no se basa una licencia en los derechos de explotación exclusiva sobre un producto que ha creado una empresa? Al final viene ser, si no lo mismo, algo muy parecido.

Afortunadamente, la aparición de la red ha sido, sin duda alguna, un punto de inflexión que ha marcado un punto de no retorno en muchas formas tradicionales de negocio. Mientras que los bienes de consumo se han adaptado y han encontrado una oportunidad única de reducir costes al reducir la cantidad de puntos de venta (o vender exclusivamente online, como Amazon), aquellos que crean han perdido su principal fuente de ingresos y les está costando mucho adaptarse, por eso se aferran con uñas y dientes a los derechos de propiedad intelectual.

Mientras que algunos creadores como John Locke, sacan un libro cada dos meses y los venden online por 1€ haciendo un gran negocio, o U2, que saca un disco e ingresa millones por una gira de dos años dándole mucho más beneficios que la venta de las canciones (no hablo de discos ya, que están casi extintos), otros pretenden seguir viviendo de épocas de gloria y de derechos de obras de hace 20 años.

Además, la dudosa forma de cobrar y repartir los derechos de autor no ha hecho demasiado por mejorar las simpatías de los consumidores hacia los creadores. Teddy Bautista, el ya extinto canon tecnológico… Al criminalizar a todo el mundo, sin tener en consideración la presunción de inocencia, por un delito que podíamos cometer, nos ha llevado de la mano a cometer ese mismo delito por el que hemos sido criminalizados. Si voy a cumplir condena por un delito, lo mínimo que puedo hacer es cometerlo.

Todas estas dudosas acciones por parte de algunos creadores, no han hecho más que abrir la brecha entre consumidor y creador, haciendo que cada vez la sociedad se plantee más la validez de las actuales reglas del juego sobre los derechos de propiedad intelectual.

Pero es que, además, estamos en un nuevo panorama donde lo que se hacía hace cinco años ya no vale. Un panorama donde la facilidad de intercambio de información es infinitamente mayor que hace diez años. Y como el panorama ha cambiado, creadores, productores y usuarios no podemos quedarnos anclados ni ser reticentes al cambio, nos toca asimilar que estamos ante una nueva situación y adaptarnos.

¿Qué es un creador?

Por otro lado, ¿qué es un creador? Yo tengo un trabajo creativo. Todos los días genero ideas que luego son utilizadas para hacer promoción de la empresa para la que trabajo. Sin embargo, no puedo sacar provecho de esas ideas más allá de lo que mi sueldo dicta. Pero mis ideas tampoco son propiedad de mi empresa y pueden -y de hecho son- copiadas por la competencia. ¿Yo qué saco de todo esto? ¿Puedo registrar mi obra? y, si lo hago, ¿cómo reclamo mis derechos?

La respuesta a estas preguntas es nada, sí y no puedo sin pasar por penurias administrativas y legales. Soy igual de creador que un escritor o un músico, pero no cobro un canon por ello porque está socialmente aceptado que va incluído en mi salario.

Por lo tanto, no todo el que crea puede registrar sus creaciones -por lo menos de manera sencilla- ni todo lo registrado puede ser reclamado después -de nuevo, de manera sencilla.

Volviendo a la pregunta del inicio, ¿cuál es el precio de mi obra y durante cuánto tiempo debería de explotarse? No tengo la respuesta, sólo tengo una opinión.

¿Debe el creador cobrar por su obra? definitivamente sí. Su tiempo y los recursos invertidos deben ser satisfechos pero ¿hasta dónde?. Mi opinión, la que saco después de que todo lo anteriormente descrito de vuelta y vueltas por mi cabeza es la siguiente:

Me pongo en la piel de un creador y  pienso que mi obra debería de tener un “justiprecio” que marcara un punto medio entre lo que quiero cobrar y lo que el cliente quiere pagar por mi obra, un punto medio que nos deje a ambos satisfechos. Además, debería producir beneficios sólo hasta la creación de la siguiente obra, momento en el que quiero que pase a ser propiedad social. Que sea propiedad social quiere decir que NADIE puede sacar beneficio de dicha obra. ¿Y qué considero beneficio? el coste de producción más un 15% de margen industrial. Y, además, me marco un margen máximo de 5 años entre la creación de una obra y otra. Superado ese tiempo, mi obra pasa a ser propiedad social. Eso sí, lo único que reclamo es la autoría, el derecho a que se vincule siempre mi obra con mi nombre.

Pero quizás, lo importante de todo este asunto no sea el plantearnos cómo poner cotas a los derechos intelectuales de una obra, sino intentar tener un acercamiento radicalmente distinto al asunto, no desde el punto de vista individual sino desde el punto de vista social. Es decir, no pensar hasta dónde quiero yo sacar beneficio de mi obra sino en qué momento lo podrá sacar la sociedad.

Para mi, lo más importante de mi propuesta es la connotación moral por encima de la onerosa. Creo que lo arriba descrito es justo porque moralmente creo que lo es. Creo que no puedo, ni debo, pasarme la vida viviendo de un solo trabajo, que mi trabajo debe de ser compartido por todo el mundo cuando este ya haya sido amortizado.

Así es como yo lo veo. Esa es mi propuesta en un mundo ideal en el que el pensamiento colectivo está por encima del beneficio individual. ¿Naïve? Sin duda, pero tengo la firme convicción de que todo lo que está pasando hoy en día, las revoluciones que estamos viviendo, nos conducen poco a poco a una sociedad en la que se empiece a valorar lo colectivo por encima de lo individual.

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Marketing vs Politics

Los marketinianos tenemos una única obesión: conocer lo más posible a nuestros clientes (targets) para poder ofrecerles un producto o servicio que se adapte a sus necesidades de manera que podamos vender más. Es así de sencillo y, a la vez, así de complicado.

El problema radica en que en la mayoría de los casos, las personas no sabemos lo que queremos hasta que alguien nos lo muestra (Steve Jobs dixit). Mal entendido, mucha gente podrá pensar que los marketinianos somos unos prepotentes que creemos saber más que los demás. Ni mucho menos.

Voy a poner un ejemplo práctico de esta teoría. Si hacemos una encuesta y le preguntamos a 100 hombres si quieren que les regalemos un ferrari con la condición de que se lo queden, probablemente el 90% de ellos dirá que sí. Si les damos una segunda oportunidad y les decimos lo que le va a costar el seguro al año, el consumo de gasolina que tiene, etc. lo más probable es que se lo piensen y digan que mejor no.

Esa gran frase de Steve Jobs lo que plantea es diferenciación, una nueva forma de pensar y de actuar. La gente no sabe lo que quiere hasta que no se les muestra algo en lo que nadie había pensado antes y que genera una necesidad subyacente en todos nosotros. Ya sea estética, funcional o ambas. Es el caso del Ipod, Iphone, Ipad, etc… El problema es que sólo existía un Steve Jobs y ya no está.

El resumen de todo esto es muy sencillo. Cuando quieres que la gente compre algo tienes que escucharles para saber lo que quieren. De lo contrario, puedes acabar vendiendo frigopiés en el polo norte.

Al margen de que esta “sencilla” labor de escuchar a los demás se haga con más o menos vehemencia (unas veces acertamos y otras no, precisamente porque la gente no sabe lo que quiere y hay que averiguarlo de manera indirecta), lo cierto es que – teletiendas aparte – esa vieja imagen del director de marketing intentando manipular los deseos del consumidor está un poco obsoleta (por un montón de razones que explicaremos otro día) y nuestro objetivo es adaptarnos a las necesidades de los clientes.

Puede parecer que he repetido mucho lo de “adaptarnos a las necesidades de nuestros clientes“, pero es con un objetivo.

No deja parecerme curioso que la política usa principios del marketing para que los partidos adapten sus mensajes a lo que sus votantes esperan escuchar, pero sin denostar a su vez a aquellos indecisos o votantes de otros partidos con ideologías distintas. El resultado de esto son campañas y mensajes tibios y sin contenido. Siempre. En todos los partidos mayoritarios.

Lo peor, y lo más frustrante para los que nos dedicamos al marketing, es que, a pesar de vender productos que ni se adaptan a las necesidades reales del consumidor ni tienen contenido, el cliente, los votantes, seguimos comprando -a lo mejor porque todos los productos en el mercado son el mismo. Nos venden aire, pero lo seguimos comprando. Compramos un aire que marca nuestro destino y ni nos preguntamos si ese aire tiene más O2 que CO2.

Pero – ahora llega la mejor parte – lo mejor de todo es que todos oímos todos los días en la tele que la crisis que actualmente estamos viviendo es una “crisis de confianza“. Bonito término para decir que no confiamos en el producto que nos están vendiendo. ¿Y qué hacen las empresas cuando tienen un producto que no genera confianza, es decir, que no vende? Lo cambian por otro o, por lo menos, le hacen una limpieza de cara importante. Es la diferencia entre asumir la culpa del problema o proyectarla.

Así que el resultado es que tenemos una crisis que provoca un descenso en la confianza de los ciudadanos que hace que no consuman porque no están seguros de su futuro y, por tanto, hacen que la economía de esta sociedad, basada en el consumo, se ralentice, lo que a su vez provoca que se acentúe la crisis y que nuestro futuro sea más incierto, consumiendo menos…

Traduzcamos esto a términos de marketing de producto con el ejemplo de Nestle y KitKat. Greenpeace comenta en las redes sociales de KitKat que utilizan un aceite especial para la elaboración del producto que está esquilmando los bosques de una parte del mundo. Los consumidores pierden cofianza en el producto y la marca Nestle se ve seriamente afectada. ¿Qué hace Nestlé? reduce la producción del producto para encontrar una manera alternativa de fabricar el producto y reinventarlo.

¿Veis a dónde quiero llegar? Nuestros políticos son conscientes de que hay un problema con el sistema. Los ciudadanos ya no compramos el actual sistema económico basado en la especulación y la codicia. Pero tanto los polítcos como los medios de comunicación insisten en que el problema no lo tiene el producto “sociedad de consumo” sino el consumidor. El problema no está en el producto que engorda a unos cuantos sino en los consumidores, que no sabemos lo que queremos hasta que alguien nos lo dice.

Pero hay un pequeño fallo en este sistema y es que los ciudadanos podemos no saber lo que queremos porque estamos a la espera de algo que aún no se ha inventado, pero lo que sí tenemos muy claro es lo que no queremos.

Ya va siendo hora de que los gobiernos, imitando a las marcas, trabajen por crear un producto que se adapte realmente a las necesidades de los ciudadanos en lugar de trabajar por sostener sistemas que ya no funcionan y trabajar en la búsqueda de vías alternativas. Lo que necesitamos es un Steve Jobs de la política que nos muestre que una visión alternativa y mejorada de los sistemas es posible.

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Magic!

Además de ser un divertido libro de Terry Pratchett, me ha parecido un nombre apropiado para esta entrada.

Es interesante ver la amplia entrada que tiene la palabra “magia” en wikipedia, os invito a echarle un vistazo:

Hoy me apetecía hablar del uso de la palabra magia como explicación a lo inexplicable. Hoy en día hemos desterrado esa palabra de nuestro vocabulario porque parece muy vinculada a lo irracional y lo irracional, en nuestra cultura actual, no tiene cabida.

Ojo, que nadie se equivoque. No estoy postulando en contra de la ciencia. A lo que quiero llegar es a que nuestros ancestros llamaban magia a todo lo que no podían entender. Para los hombres primigenios todo lo que les rodeaba era magia. La magia estaba en el sol que se ponía y en la luna creciente, en el crepitar del fuego, la lluvia… Poco a poco se le fue dando una explicación a todo lo que les rodeaba. O bien entendíamos el funcionamiento de todo aquello que nos rodeaba o, por el contrario, lo atribuíamos a un ser o seres superiores.

De aquí surgió la explicación de las religiones masivas: “esto es obra de Dios, tómalo como dogma de fe o sé castigado como hereje”. Galileo, podría dar fe de ello, pero probablemente también cualquier persona en el Irán actual. Aquí llegó el declive de la magia.

Después de que la religión le atribuyera a Dios todo lo inexplicable, llegó la “ilustración” y con ella un raciocinio que, en muchos casos, nos ha hecho perder nuestra conexión espiritual con lo que nos rodea. Aquí llegó la muerte de la magia.

Si tuviéramos una máquina del tiempo y pudiéramos traernos a nuestra época a un antiguo maya, un egipcio o un babilonio, quedaría absolutamente desconcertado y pensaría poco menos que todos nosotros somos magos, con nuestros teléfonos, teles y mandos a distancia, coches, aviones… Todas esas cosas que para nosotros son comunes y diarias.

Y, sin embargo, ya a nadie se le ocurre tildar de magia aquello que aún no conocemos y que no podemos explicar. En el mejor de los casos ponemos todo nuestro empeño es descifrarlo, como la física cuántica – si alguien cree que el hecho de que una molécula pueda estar en dos sitios a la vez o que un sólido se comporte como una onda, entre otras muchas cosas, no es magia, que levante la mano -, en otros, hacemos todos los esfuerzos posibles por taparlo.

He puesto como ejemplo el traer a un hombre de alguna de esas primera comunidades ilustradas a nuestra época pero, ¿y si hiciéramos lo contrario?

Tendemos a pensar que si pudiéramos viajar al pasado, nosotros, los hombres del s. XXI, seríamos poco menos que dioses si apareciésemos de repente en alguno de estos pueblos antiguos. Y lo que no nos damos cuenta es de que, probablemente, los primeros sorprendidos seríamos nosotros mismos.

Con toda nuestra tecnología, matemáticas, física y conocimientos, aún no hemos sido capaces de descifrar cómo civilizaciones antiguas, que no conocían ni la rueda, eran capaces de tallar, con apenas unos pequeños utensilios de cobre y otros materiales blandos, levantar y transportar bloques de más de 100 toneladas de peso que aún hoy en día harían falta hasta 20 grúas para desplazar.

Para ponerlo todo en perspectiva. La pirámide de Keops está construída con bloques de piedra de entre 2 y 3 toneladas. Eso equivale a entre 200 y 300 coches apilados unos encima de otros. Yo no sé vosotros, pero intento recordar las imagenes de los libros de texto sobre cómo se hicieron las pirámides y veo la ilustración de tres o cuatro esclavos tirando de uno de estos bloques de piedra equivalentes a 200 coches, sobre el que, además, iba subido un egipcio con un látigo. No creo que el refuerzo positivo del látigo hiciera más por ayudar en esta árdua tarear que el hecho de que el capataz se hubiera bajado del bloque para aligerar peso…

Ejemplos como este hay miles a lo largo de la historia. Desde el hecho de que los mayas no conocieran la rueda y fueran capaces de construir esas enormes edificaciones sin tan siquiera usar argamasa para asentar esos enormes bloques que piedra. O que los bloques de piedra, de distinto tamaño, forma y peso, se unieran como si fuera un gran juego de tetris para acabar haciendo intrincadas construcciones.

Hay cientos o miles de cosas que hoy en día no podemos explicar sobre nuestra propia historia, incluyendo métodos constructivos, usos de edificios u ooparts. Todo lo que hemos intentado explicar y no hemos podido, lo hemos enterrado, obviado para mantener la línea de la historia tal y como ahora la entendemos.

Porque creer que otra forma de hacer las cosas es irracional y tenemos miedo de que lo irracional nos lleve a dejar de creer en lo establecido y que si dejamos de creer en lo establecido reine el caos.

He oído, visto y leído mil teorías, cada cual más peregrina, para dar explicación a lo inexplicable, a aquello de la ciencia moderna ha desahuciado por imposible. Desde atribuirlo todo a seres extraterrestres, hasta los antiguos Atlantes o que los antiguos eran capaces de controlar la materia.

No tenemos pruebas de nada, son todo conjeturas, pero lo realmente importante para mí es que, probablemente, se nos esté escapando la respuesta entre los dedos por nuestra propia manera de afrontar la solución a los problemas.

Actualmente tenemos una serie de valores establecidos que no nos permiten, por mucho que intentemos, empatizar con los antiguos constructores y dar solución a sus problemas de la misma manera que ellos lo hacían. Nuestros procesos mentales no son los mismos, nuestras creencias no son las mismas y, desde luego, nuestra conexión y nuestro entendimiento del entorno no es la misma.

No deja de ser una ironía que para nosotros pueda parecer magia ahora lo que para otros era cotidiano hace siglos, y viceversa.

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Agradecer y perdonar. Adendo

No han sido muchos, tan solo dos, pero ha habido comentarios al respecto de mi anterior entrada que me han hecho ver que no he sido capaz de transmitir el mensaje que quería. Por eso he hecho este adendo al post de ayer.

Pero antes de nada, daros las gracias a todos los que lo habéis leído y comentado. El de ayer es, hasta la fecha, el post más leído y comentado.

Agradecer y perdonar es una forma de entender la relación que uno mismo tiene con el mundo que le rodea y lo que se quiere transmitir al exterior. Eso no quiere decir que adquieras una posición sumisa o pasiva ante la vida, ni mucho menos. No quiere decir que no se busque la justicia o que pongas la otra mejilla después de que te hayan cruzado la cara. No se trata de eso.

Lo que quiero decir es que no debemos permitir que las cosas malas que pasan a nuestro alrededor dictaminen cómo nos sentimos. Por usar el ejemplo que ha usado mi hermana en su comentario, si alguien me pega un hachazo en la mano no lo voy a agradecer. Más allá, lo denunciaré y perseguiré el castigo de esa persona, porque es lo justo. Pero eso no quita que yo quiera perdonar a la persona que me ha hecho daño para que su daño sea sólo físico y no moral también. El físico no lo puedo solucionar, pero sí que elijo que ese acto no marque mi caracter y el resto de mi vida. Eso es perdonar. Esa es la parte sencilla, como decía en mi anterior entrada.

La parte más complicada es la de agradecer. Agradecer tiene que ver con tener una visión de 360º de las cosas. Es una visión muy budista y muy sencilla. Si analizas todo lo que te pasa en la vida, puedes verlo con una óptica positiva o negativa. Tú eliges. Lo bueno es ser capaz de ver ambas y quedarte lo bueno (o lo menos malo). No es sencillo y en muchos casos requiere tiempo y distancia, pero es liberador.

Agradecer y perdonar son acciones de puertas para dentro, para tí mismo.

Ya sabéis que para sonreir sólo hacen falta 15 músculos y 40 para fruncir el ceño. Es mejor, más sencillo y más económico ser feliz… y no me hagáis hablar de vibraciones, que eso lo dejo para otro post.

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Agradecer y perdonar

Cuando abrí mi blog lo hice por los motivos y con el nombre erróneos. Durante aproximadamente un mes, “La Visión Sencilla” se llamó “Un Ciudadano Cabreado”. Afortunadamente, de manera orgánica, me di cuenta de que no quería verter en un blog parte de mis cabreos y frustraciones y que quedaran en la red como un legado de negatividad.

De lo que sí me di cuenta bastante pronto es que todo aquello que me enervaba y que me llevaba a escribir tenía un fondo. Que los problemas, una vez puestos sobre el papel (o sobre el editor de texto) y releídos, eran sencillos y pueriles. De ahí surgió el nombre de “La Visión Sencilla”.

Hace tiempo ya que decidí no dejar que lo malo superara a lo bueno en mi vida. Parece una labor sencilla, pero creedme, no lo es. Pero hoy por fin he podido resumir mucho de lo que pienso en dos palabras que espero me ayuden en mi objetivo: agradecer y perdonar.

Perdonar debe ser una acción hecha de verdad, incondicional y sin excusas. Quiero perdonar todo lo que me ha herido en el pasado y quiero hacerlo sin darle un motivo o una excusa al comportamiento que infligió el dolor. No solamente eso, quiero agradecer todo lo que me ha pasado, lo bueno y lo malo, indistintamente, porque han hecho de mi la persona que soy hoy, han hecho que hoy haya llegado a esta conclusión. Todo lo que me ha pasado en mi vida me ha llevado hasta este preciso instante, con la gente que me rodea y con la persona que quiero.

Existe una sencilla regla que dice que sólo el 10% de las cosas que nos pasan están fuera de nuestro control. El 90% restante se genera dentro de nosotros mismos. De la misma manera que un iceberg que choque contra un barco no se destruirá, puesto que el barco sólo dañará ese 10% visible por encima de la superficie, nosotros no podemos dejar que las cosas que se escapan a nuestro control nos dominen.

Si tomo el control de mí mismo, si agradezco y perdono los estímulos exteriores, seré capaz de ser yo el verdadero conductor de mi vida y mi destino.

Tomar el control implica, a su vez, modificar la realidad que me rodea. Si yo soy feliz, transmitiré felicidad. Si estoy tranquilo, transmitiré tranquilidad. Y eso es lo que quiero, que la gente sea capaz de ver felicidad, amor y calma cuando me miren a los ojos. De esa manera estaré cambiando lo que hay a mi alrededor.

Ya he hablado en alguna ocasión de física cuántica y es momento de volver a rescatarla. He comentado que la física de lo pequeño nada tiene que ver con la física de lo grande, pero que, cuando hacemos una observación directa de los fenómenos de la física cuántica, esta cambia para adaptarse a nuestra visión, a nuestra realidad, parar convertirse en aquello que nosotros esperamos.

El problema es que nuestra realidad está sesgada, es imparcial. Está viciada por los preceptos de la sociedad, por las medias verdades de la prensa y los gobiernos y por nuestro egoísta sentido del yo. Por eso, hay que desaprender (palabra que ha puesto de moda algún comercial de la tele), volver a ver las cosas como niños ingenuos que no entienden nada y que son capaces de ver la verdad, no la realidad generada.

Y el cambio, como ya he dicho, empieza por dentro.

Voy a intentarlo. Mi primer paso ha sido hacer examen de conciencia y perdonar aquellas cosas que, aún años después de haber sucedido, me seguían hiriendo. Parece mentira, pero se han ido y siento una gran calma. Es probable que vuelvan, ya lo dijo García Márquez “la felicidad es un acordeón”. Sólo espero ser capaz de volver a alejarlas.

Dar las gracias no va a ser tan sencillo, así que empezaré por agradecer a los que lean esta entrada, y a aquellos que hagáis algún comentario. Y voy a poner todo mi esfuerzo en agradecer todas las críticas, tanto positivas como negativas, en lugar de poner excusas, que es lo que suelo (o solemos) hacer.

Gracias!

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Revolución Silenciosa. Revolución Silenciada

Aunque hay mucha gente que se lleva las manos a la cabeza cuando se compara las manifestaciones de las distintas ciudades españolas con aquellas de la Plaza Tahrir de Egipto – sobre todo aquellos anclados en un sistema que últimamente sólo existe para auto justificaras y perpetuarse – ambas tienen muchas similitudes, tanto en lo superficial como en lo subyacente.

El movimiento en Egipto surgió como una manifestación espontánea y pacífica para derrocar a una democracia entrecomillada que no representaba al poder que debía sostenerla: El Pueblo.

Identificados con esta idea, otros países vecinos se han ido uniendo a estas demostraciones, con mayor o menor éxito en su planteamiento pacifista. Siria, Yemen… Le han demostrado al mundo que se puede lograr un cambio de sentido político sin contar con los políticos. De todos los países contagiados por este virus de democracia real – parece incongruente tener que añadir el adjetivo “real” a “democracia” -, me ha extrañado mucho que Marruecos no se haya visto contaminado, pero eso merecería un comentario aparte.

Ese virus que todos veíamos tan lejano, ahí, en África – “pobres, normal, sin un mendrugo que llevarse a la boca…” – y con la certeza de que algo así jamás podría pasar en países del mal denominado primer mundo, finalmente ha cruzado la barrera del Mediterraneo y se ha ubicado en en el viejo contiente.

Sería muy injusto decir que el virus llegó primero a Europa por la “puerta” más cercana (y caliente) que Europa tiene con África, que es España. Eso sería quitarle mérito a Islandia, que también ha sufrido una revolución silenciosa, que ha acabado con el referendum de una polémica ley que endebudaba a todas las femilias de este pequeño país Europeo, que no ha tenido ninguna repercusión mediática en el resto de los países de la UE. Primer caso de revolución silenciada.

Y es que parece que hay un interés especial en desoir la voz del pueblo (no olvidemos, aquellos que ponen a los políticos en sus cargos). Nadie se ha ofrecido a reunirse con ellos (y ojo, no olvidemos, que ellos también somos todos nosotros) y darles, aunque sea, la ilusión de una luz al final del tunel para esta generación, que según muchos analistas económicos y políticos, está perdida y le costará muchísimo encontrar su sitio entre la generación anterior, con trabajo, y la posterior, que les quitarán los trabajos porque serán más jóvenes y recién licenciados.

Da la sensación de que la resistencia pacífica sólo le funcionaba a Gandhi. A lo mejor es porque sabían encajar los golpes que les propinaban durante sus sentadas pacíficas y eso llamaba la atención de los medios. Porque ahora, como no hay palizas ni gente quemando contenedores, la noticia a duras penas encuentra su sitio fuera de nuestras fornteras.

Y en este caso, tengo que felicitar a ambas partes. A los indignados por serlo y por demostrarlo de manera pacífica. Y al gobierno, por tener memoria histórica (y no histérica, como tiene muchas veces) y recordar que allá por finales de los 10 y principios de los 20 quedó demostrado que una lucha armada contra un movimiento pacifista es siempre beneficioso para estos últimos. Segunda revolución sileciada.

Es una lástima que estos mismo políticos que van a silenciar el movimiento indignado a fuerza de ignorarlo, no tuvieran memoria también para recordar los motivos que generaron la crísisis del 29 y haber puesto en marcha los mecanismos necesarios para no encontrarnos ahora en esta situación lamentable en la que nos encontramos.

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Las emociones del agua

En el último post hablé de física cuántica y el entrelazamiento de dos átomos creados a la vez. Hoy voy a intentar llevar eso a un plano más físico, más visible.

Hace poco me hablaron del trabajo y el estudio de Masaru Emoto con el agua. Aunque el entorno académico del Sr. Emoto tienes sus tinieblas, no por ello deja de ser menos interesante lo que propone.

El estudio del Sr. Emoto se centra en el estudio y la interacción con moléculas de agua. En resumen, coje muestras de agua de distintas fuentes naturales, agua destilada y agua de algunos ríos contaminados. Coge esas muestras, las pone sobre placas de Petri y las congela. Luego las mira bajo un microscopio  y las fotografía.

Las muestras de agua procedente de fuentes naturales crean estructuras simétricas y armoniosas, mientras que aquellas de aguas contaminadas muestran imágenes deformes:

Una hecho este experimento, decidieron “actuar” sobre el agua poniéndole música clásica, o diciéndole distintas palabras. Al congelar el agua se podía ver cómo la estructura del agua cambiaba sobre las placas de petri al ser congeladas. Por no enrollarme más con esto, y porque una imagen vale más que mil palabras, o dejo un par de vídeos donde podéis ver una explicación sobre todo eso.

Imaginaos, si hablarle bien o mal a una botella de agua es capaz de cambiar la cristalización de la misma al congelarla, ¿de qué manera creéis que nos afecta lo que decimos, lo que nos dicen, nuestras relaciones con los demás y entorno que nos rodea a los seres humanos, que estamos formados en un 80% por agua?

Si a eso le sumos que todas las pequeñas partes que nos corforman , todas ellas están, de una manera u otra, entrelazadas con todo lo demás – entrelazadas con nuestra familia, con nuestros amigos, con el tío que nos pita en la rotonda… pero también con su coche, con las plantas, con los animales, con el Sol, la Luna, los planetas, los agujeros negros, con el Universo entero! – ¿no creéis que tenemos el poder de cambiarnos a nosotros mismos y a lo que nos rodea sencillamente cambiando nuestra actitud, tanto hacia dentro como hacia fuera?

Yo creo que sí.

Porque, es muy egoista, y un poco naïf por nuestra parte, pensar que nuestras acciones no tienen ningún tipo de consecuencia positiva o negativa sobre nuestro entorno. Y no hablo de la contaminación o de la sobrepoblación. Hablo de que nuestra forma de interactuar con lo que nos rodea lo cambia, no sólo en el plano más visible, sino también en el intangible.

Darle los buenos días al vecino, responder con una sonrisa al tío que te vende el periódico o ayudar a alguien a cruzar la calle.

¿No habéis tenido nunca la sensación de que cuando pasas por una buena racha, todo parece mejor? La comida sabe mejor, las risas son más verdaderas, te invade una sensación de positivismo que te hace ver la vida de color de rosa. Así debería ser siempre. Porque, Karma aparte, lo que transmites se refleja en tu entorno a un nivel que es mucho menos superficial de lo que podemos imaginar.

Tengo la sensación de que la gente se está dando cada vez más cuenta de esta circunstancia y de su influencia sobre lo que hay a su alrededor.

Cada vez creo más que hay una revolución silenciosa en la que nos adentramos inexorablemente.

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